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La responsabilidad social de la discapacidad

Dic 1, 2023

Las cosas no siempre son lo que parecen a primera vista y a veces el instinto puede llevarnos por mal camino. A veces la solución a una pregunta es contraintuitiva, es decir, no es lo que sugeriría el sentido común o la simple lógica de nuestro razonamiento guiado por estereotipos imprecisos.

 

Un concepto a menudo mal entendido es el de discapacidad, que normalmente se entiende como un atributo físico, sensorial o mental de la persona, atribuyendole a ella la responsabilidad de lo que la sociedad percibe como una falta de capacidad en determinadas áreas. Por otro lado, decimos ‘discapacidad física’ o ‘discapacidad intelectual’ para indicar el área sobre la que afecta, por lo que es fácil caer en error. La discapacidad es una condición, un estado en el que se encuentra la persona en un determinado momento de su vida y depende de la interacción de diversos factores. Para ser claros, tener una pierna en lugar de dos no es una discapacidad en sí misma, ni tampoco lo es un coeficiente intelectual de 50. La discapacidad ocurre cuando las personas con estas características se encuentran interactuando con una sociedad que está organizada para aquellas que tienen dos piernas o tienen un coeficiente intelectual que se sitúa en la media de 100, una sociedad que por tanto inhabilita a quienes no cumplen los criterios de admisión a la categoría mayoritaria.

 

Esta consideración es sumamente importante porque, así como el concepto de diversidad es el estado natural dentro del cual creamos categorías discretas (incluida la normalidad), la idea de discapacidad es algo general que, con toda probabilidad, tarde o temprano nos afectará a todos.

 

Tomemos la idea de capacidad, a la que se opone la discapacidad en la visión comparada difundida pero limitante de la experiencia humana: el estado de excepción no es tanto la discapacidad que tarde o temprano, con buenas probabilidades, todos experimentaremos; la que es extremadamente frágil y ciertamente temporal es precisamente esa condición que insistimos en definir como capacidad.

 

Según el diccionario, la discapacidad es: “La condición de quienes presentan deficiencias físicas, mentales, intelectuales o sensoriales duraderas que, en interacción con barreras de diferente naturaleza, pueden impedir su participación plena y efectiva en la sociedad en igualdad de condiciones.» Esta definición recoge vagamente los que hoy en día son los modelos más utilizados para describir esta condición: el modelo médico, el social y el más reciente, el modelo biopsicosocial.

 

Según el modelo médico, la discapacidad es una característica física o mental de la persona, un déficit que debe eliminarse para devolver al individuo a un estado de normalidad, cuando sea posible, también mediante intervenciones médicas o especializadas.

 

El modelo social, en cambio, se desarrolló en el seno de la UPIAS (Unión de Discapacitados Físicos Contra la Segregación) en Inglaterra en los años 1970, pero se definió claramente por primera vez en un libro de 1983[1], en el que el autor explica cómo la discapacidad es el resultado de la interacción entre la persona con determinadas características (que se definen como impairments, en inglés) y una sociedad estructurada por y para personas consideradas en cambio capaces, y que por tanto no puede ofrecer las mismas oportunidades y los mismos derechos a todos sus miembros.

 

El tercer modelo, definido como el biopsicosocial, es el que utiliza actualmente la OMS, y nos dice que la discapacidad está dada por la interacción de los dos modelos anteriores, es decir, entre la salud de la persona (modelo médico) y el medio ambiente (modelo social).

 

Dependiendo del modelo utilizado para definir la discapacidad, accedemos a un lenguaje y una forma de pensar completamente diferente. El modelo médico es esencialmente categórico, es decir, intenta situar las diferencias en grupos bien definidos, se centra en aquellas características interpretadas como defectos y tiende a patologizar a la persona definiéndola precisamente en función de esos déficits. Según el sociólogo Colin Barnes,

 

Dado que las deficiencias se presentan como la causa fundamental de la discapacidad, la lógica dicta que deben erradicarse, minimizarse o “curarse”. Pero cuando las “curas” son ineficaces, lo que suele ser el caso, las personas etiquetadas como “discapacitadas” son vistas como económica y socialmente inadecuadas y necesitadas de “cuidados”[2].

 

Por tanto, al atribuir la discapacidad a la persona y no a los obstáculos que encuentra en el día a día, siempre la veremos defectuosa. Lejos de querer eliminar el abordaje médico, lo que me gustaría sugerir es contextualizar su uso. Aquí la cuestión está íntimamente ligada al lenguaje, y en particular al lenguaje común, aquel que utilizamos todos los días para interactuar unos con otros. Si permitimos (como lo estamos haciendo) que el léxico médico invada la vida cotidiana, relegamos a las personas con discapacidad a vivir e identificarse exclusivamente con lo que se percibe como defectos, implicando entre otras cosas que no son saludables.

 

La visión categórica tiene innegables ventajas cuando es necesario comprender desde el punto de vista clínico cómo tratar determinadas condiciones, pero fuera de este contexto es sumamente limitada. La realidad, sin embargo, es extremadamente más compleja y debe tener en cuenta la singularidad de cada persona, sus relaciones con el mundo que la rodea y la forma en que se percibe a sí misma, su identidad. Pensemos, por ejemplo, en cómo se considera la discapacidad en las instituciones educativas, donde se tiene principalmente en consideración el aspecto clínico. La inclusión se centra en reducir aquellas barreras que incapacitan a las personas y les impiden tener las mismas oportunidades que los demás. Apenas se tiene en cuenta lo que se desvía de esta visión, como aspectos vinculados a la emocionalidad y afectividad de las personas con discapacidad, sus dudas y dificultades que van más allá de un contexto específico de intervención. Por no hablar de aquellas discapacidades consideradas invisibles a primera vista como las dificultades de aprendizaje, que se abordan desde un punto de vista educativo, dejando a la persona completamente sola en la gestión de su vida social e individual al margen de aquellos aspectos clínicos de su condición.

 

La discapacidad debe ser liberada de una visión que la considere exclusivamente desde un punto de vista funcional, reconociendo su propia identidad social dentro de la diversidad de expresión humana. Y este paso no podrá lograrse si no purificamos primero el lenguaje común de esa terminología patologizante que etiqueta como defectuosa a cualquier persona con características psicofísicas y sensoriales diferentes a la media.

 

Discapacidad, capítulo del libro: In Altre Parole. Dizionario minimo di diversità, de Fabrizio Acanfora, ed. effequ

 

[1] M. Oliver, Social Work with Disabled People, Macmillan, Basingstoke 1983.

[2] Barnes, Colin , «Understanding the social model of disability» , in Routledge Handbook of Disability Studies ed. Nick Watson and Simo Vehmas (Abingdon: Routledge, 29 Oct 2019 ), accessed 27 Nov 2023 , Routledge Handbooks Online.